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Cinco errores que cometemos al intentar que nuestros hijos sean felices

 

Mundo, 11 ago — «Yo solo quiero que mi hijo sea feliz». Este es un deseo en el que todos los padres coincidimos, ¿verdad? Que nuestros pequeños estén bien, que disfruten de su infancia, que tengan buenos recuerdos y que, cuando sean mayores, puedan mirar atrás y pensar que fueron felices.

El problema está en que ese deseo tan bonito se convierta, sin que nos demos cuenta, en una especie de obligación diaria para los padres, con la consiguiente carga mental que nos provoca.

Queremos verles bien y nos cuesta muchísimo soportar su sufrimiento. Pero precisamente ahí podría estar la trampa, porque intentar que un niño sea feliz no debería significar intentar que esté contento todo el tiempo.

La infancia también tiene días malos, aburrimiento, frustraciones y pequeñas decepciones. Y algunas de las cosas que hacemos para evitarles esos momentos desagradables pueden terminar jugando en nuestra contra.

  1. Intentar borrar cualquier emoción que les haga sentir mal

Tu hijo llega a casa enfadado porque ha discutido con un amigo y enseguida te sale el clásico «venga, no pasa nada». Si está triste, intentas distraerle. Si llora, buscas la manera de que deje de hacerlo. Y si está de mal humor, quizá hasta empiezas a hacer malabares para devolverle la sonrisa.

Es normal. Ver a un hijo pasarlo mal remueve por dentro y nuestro instinto nos pide arreglarlo cuanto antes.

Pero hay emociones que no necesitan desaparecer inmediatamente, incluso si son desagradables. Un niño puede estar triste y sentirse querido al mismo tiempo o puede llevarse una decepción y descubrir, poco a poco, que es capaz de soportarla.

Cuando acompañamos ese momento en lugar de intentar borrarlo, podemos decir algo tan sencillo como «entiendo que estés enfadado» o «sé que te ha dolido». Después habrá tiempo para buscar una solución, pero primero necesita saber que no hay nada malo en sentirse así.

  1. Resolver sus problemas antes de que tengan oportunidad de intentarlo

Hay una edad en la que parece que nuestros hijos necesitan ayuda para absolutamente todo. Y, algunas veces, la necesitan de verdad. Pero otras solo necesitan un poco más de tiempo del que nosotros estamos dispuestos a concederles.

Intenta abrir una caja. No puede. «Dame, que lo hago yo».

Está montando algo y se equivoca. «Espera, así no».

No encuentra una solución y empieza a frustrarse. «Déjame a mí».

Lo hacemos porque queremos evitarles ese mal rato. También porque tenemos prisa y, seamos sinceros, a veces es mucho más rápido hacerlo nosotros que esperar a que un niño de 6 años consiga ponerse una chaqueta mientras contempla su manga como si acabara de descubrir un misterio sin resolver.

Pero esos pequeños intentos tienen un valor enorme. Cuando un niño prueba, falla, vuelve a probar y finalmente lo consigue, no solo ha resuelto un problema, sino que ha descubierto que es capaz.

Por eso, antes de intervenir, podemos probar con una pregunta sencilla: «¿Quieres que te ayude o quieres intentarlo un poco más?». Darle ese margen puede costarnos cinco minutos, pero puede ser una oportunidad de aprendizaje.

  1. Confundir hacerles felices con darles cosas

Un juguete para compensar un día complicado. Un regalo porque hemos estado demasiado ocupados. Algo que han pedido porque «todos sus amigos lo tienen». Una compra rápida para conseguir esa sonrisa que, después de una semana agotadora, también nos alegra a nosotros.

Un regalo es un regalo y no hay que convertir cada muñeco en un debate filosófico. El problema aparece cuando las cosas empiezan a ocupar demasiado espacio en la forma en la que entendemos la felicidad.

Un estudio publicado en Frontiers in Child and Adolescent Psychiatry analizó a 1.996 parejas formadas por padres e hijos en Zhengzhou (China). Los resultados mostraron una relación entre un mayor materialismo de los padres y un mayor materialismo en los hijos, relaciones familiares más débiles y más comparaciones por parte de los padres. Estos factores, a su vez, se asociaron con un mayor malestar psicológico en los jóvenes.

El estudio no demuestra que comprar cosas a nuestros hijos provoque directamente problemas de bienestar. Se trata de un análisis transversal y, por tanto, permite observar asociaciones, pero no establecer una relación de causa y efecto. Lo interesante está en la reflexión que plantea sobre algo bastante cotidiano.

Los niños aprenden también qué entendemos los adultos por una vida que merece la pena. Si constantemente relacionamos estar contentos con conseguir cosas, tener más o compararnos con lo que tienen los demás, pueden terminar incorporando esa misma idea.

Quizá podamos reservar los regalos para momentos concretos como cumpleaños, una sorpresa o simplemente porque sí. Para todo lo demás, los padres tenemos una herramienta mucho mejor: tiempo, conversación, atención y presencia.

  1. Sentir que tenemos que entretenerles todo el tiempo

«Mamá, me aburro». Y ahí empieza el espectáculo…

Pensamos rápidamente qué podemos hacer, buscamos un juego, encendemos la televisión o proponemos salir. Cualquier cosa antes que contemplar durante diez minutos a un niño tumbado en el sofá mirando al techo como si estuviera esperando instrucciones de la NASA.

El aburrimiento incomoda mucho a los adultos, sobre todo cuando parece que somos nosotros quienes tenemos que solucionarlo.

Pero un rato sin nada preparado también puede abrir espacio para que un niño decida qué hacer por sí mismo. Puede recuperar un juguete olvidado, inventarse una historia, construir algo o simplemente quedarse un rato sin hacer gran cosa. El aburrimiento es la chispa que enciende la creatividad.

Por eso, cuando tu hijo diga «me aburro», puedes responderle tranquilamente: «Ya veo. A ver qué se te ocurre». Probablemente no le entusiasme la propuesta, pero tampoco pasa nada. No va a ser menos feliz en el cómputo general de su vida.

  1. Intentar evitarles cualquier dificultad

Esta quizá sea la trampa más difícil de esquivar porque nace de algo tan profundo como querer que nuestros hijos tengan una infancia bonita y, cuando podemos evitarles un disgusto, lo hacemos.

Nos gustaría que no les hicieran daño, que no discutieran con sus amigos, que nunca se sintieran excluidos y que todas las cosas importantes les salieran bien. El problema es que no podemos construirles una vida a prueba de decepciones, por mucho que nos empeñemos.

Y tampoco les haríamos un favor si lo consiguiéramos.

Un niño va a perder alguna vez. Alguien puede decirle que no. Puede suspender un examen para el que había estudiado, quedarse fuera de un juego o descubrir que aquello que quería con todas sus fuerzas no va a suceder.

Nuestro papel debe ser el de acompañarlo y sostenerlo. Escucharle, abrazarle si lo necesita y ayudarle a pensar qué puede hacer después de ese mal momento. Ten en cuenta que hay una diferencia enorme entre dejar solo a un niño con sus problemas y permitir que descubra, acompañado, que puede atravesarlos.

Quizá tengamos que revisar un poco qué queremos decir cuando afirmamos que queremos hijos felices. No necesitamos niños que sonrían desde que se levantan hasta que se meten en la cama. Pero sí podemos construir con ellos un hogar en el que sepan que pueden estar tristes, enfadarse, equivocarse, aburrirse y volver a intentarlo sin que por ello dejen de sentirse queridos.

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